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La simulación de Peña Nieto ante la corrupción en México

Simular ser transparente puede ser un acto de mercadotecnia política, pero no uno de ética pública. Uno que, además, puede tener costos gravísimos. Esta es la lección que está aprendiendo Enrique Peña Nieto y que tiene a su gobierno en históricos niveles de desaprobación.

El tema adquiere una relevancia extraordinaria a la luz de los escándalos que involucran al Presidente y su esposa. La Casa Blanca y, el más reciente, el del departamento de Miami, resultado de una pieza de Julio C. Roa y José Luis Montenegro.

La crisis de legitimidad (que no de popularidad) y el volumen de los escándalos deriva de esa mezcla explosiva que significan conductas tan atípicas que desprenden una presunción de corrupción y la imposibilidad de dar una explicación que no resulte ofensiva.

Veamos:

1.- Los antecedentes
El presidente Peña y su gabinete hicieron pública su declaración patrimonial el 16 de enero de 2013. Esta acción, desde el inicio, fue fuertemente criticada por ser un acto de simulación. Fue una vulgar medida que formó parte de una zaga de acciones mediáticas, propias de un gobierno que considera que todos los problemas son de percepción.

En aquel momento, el Presidente dijo lo siguiente: “Reafirmo mi convicción democrática de conducirme con absoluta transparencia en el ejercicio de la elevada responsabilidad (…) de servir a todos los mexicanos como Presidente de la República”.

A la luz de los hechos, la forma en la que el Presidente maneja el lenguaje deja fuertes dudas sobre el origen o la comprensión que tiene de algunos conceptos. Por ejemplo, “absoluta transparencia”.

2.- Un método de alto riesgo: simular
Estos escándalos son de tal nivel, porque las formas de adquisición y uso de bienes inmuebles del Presidente son tan inconfesables, que lleva años escondiéndolas. Claro está, bajo su exótica noción de “absoluta transparencia”.

Por su boca y voluntad, poco o nada sabemos sobre sus intereses económicos, financieros o de negocios. Tampoco dio nunca información confiable sobre su familia. Cierto, habrá quien alegue que el único servidor público es el Presidente y no ellos. A esas personas quizá les convenga leer con más detalle la legislación mexicana, las convenciones internacionales que sobre el tema hemos firmado, las recomendaciones de los comités internacionales que existen y las mejores prácticas internacionales comparadas. La respuesta técnica, jurídica y práctica está ahí.

Actuar con transparencia y no simularla habría sido el antídoto a todos estos escándalos. Claro, siempre que las explicaciones sobre sus mansiones y los pagos de impuestos por parte de un tercero tuvieran alguna mínima posibilidad de ser razonables.

3.- Más allá del escándalo: la legitimidad pública
Todos estos escándalos afectan la legitimidad del gobierno. A estas alturas, lo que la gente opine del Presidente termina por ser un asunto menor frente a temas realmente graves, como el maltrato a la investidura presidencial y la distancia que está generando entre la ciudadanía y sus representantes. Es altamente probable que las generaciones futuras desconfiarán manifiestamente del gobierno.

Y esa, entre muchas otras, es una de las más lamentables consecuencias que ha tenido la simulación de Enrique Peña Nieto.

Aristeguinoticias.com


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